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Una aguja, un hilo y una tradición: una historia de arte y resiliencia

A Maritza Namuche le diagnosticaron ELA en 2024, y su diagnóstico no le ha impedido crear belleza. Desde pequeña, Maritza tuvo la suerte de aprender el arte de la costura con su madre, tanto a mano como a máquina. Sus primeras creaciones fueron muñecas que vendía en Navidad, pero su verdadera pasión era crear vestidos únicos, completamente a mano, sin necesidad de una máquina de coser. La vida la llevó por un camino diferente cuando se casó y se convirtió en madre, dejando de lado sus estudios universitarios. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una vecina, consciente del talento de Maritza para la costura, la presentó a... Arpilleras de Chile, Un arte que le abrió un mundo de posibilidades. A los 23 años, Maritza descubrió su vocación y, desde entonces, sus manos no han dejado de dar vida a estas expresiones artísticas.

Desde hace algunos años, Maritza decidió seguir bordando y cosiendo al estilo de las arpilleras, pero con una visión renovada. Las arpilleras originales, nacidas en tiempos de represión y violencia, fueron un testimonio desgarrador de sufrimiento, dolor e incluso sangre. Representaban la angustia de las familias que buscaban a sus seres queridos desaparecidos, la injusticia de la pobreza y la brutalidad de la época de Augusto Pinochet. Maritza, conmovida por estas historias, pero decidida a sembrar esperanza, comenzó a modificar los detalles y a crear arpilleras que celebran la belleza de su amado Perú.
Sus obras son ahora un canto a la vida, donde florecen flores de vibrantes colores, árboles majestuosos representan la vida y el renacimiento, y paisajes que evocan paz y serenidad. En sus Arpilleras, un pájaro blanco se posa en un cielo azul radiante, el mar brilla con intensidad y la exuberante vegetación promete un futuro mejor.

Para Maritza, el bordado es mucho más que un pasatiempo; es una terapia que le permite trascender su enfermedad, la ELA, y conectar con la alegría y la creatividad. Cuando habla de su arte, su voz se ilumina y olvida por un momento el dolor de la caída que sufrió hace unos días. Sus piernas ya no funcionan como antes, pero sus manos se mueven con gracia y precisión mientras dan vida a sus creaciones.
Maritza no sólo crea belleza, sino que también comparte su arte con los demás. Sus arpilleras Son un regalo para el alma, un recordatorio de que la esperanza siempre puede florecer, incluso en los momentos más difíciles.